Que proponga plan y a los pocos días se queje de que hay plan y está cansado ya es muy típico en él. En realidad él está lleno de típicos, sus típicos. Esos típicos que hacen de él una persona única e increíble.
La verdad es que lleva dos semanas sufriendo los problemas que le da su espalda. Esa maldita que me lo arrebata cuando se supone que mejor debería estar.
Que el tiempo nos odia es un hecho. Basta que yo tenga tiempo libre para que él se encuentre en su peor momento físico o mental. Aunque siempre esté yo ahí, no es suficiente, y eso, a veces, me hace pensar que no estoy hecha para él.
De anoche me quedo con el momento en el que nos encontramos antes de llegar al piso de nuestro amigo. El momento en el que me giré, sonreí al verle y él me sonrió. También se quejó porque pretendía darme una sorpresa asustándome desde atrás y se le estropeó. Le pedí que se diese prisa, que tenía mucho frío (sí, a pesar de llevar el abrigo gominola, estaba muerta de frío). Se dio prisa para achucharme entre sus brazos, decirme lo guapa que estaba y besar mi cabeza mojada.
Desde ese momento todo era humo blanco, música y tonterías.
Vino el hambre y me tocó preparar la cena. “Con mucho amor”-me dijo- para él no tengo otra cosa.
Ya os dije que todo el mundo veía que él era diferente cuando yo estaba presente, que sonríe más cuando estoy cerca. Pero, ¿por qué no estamos juntos? ¿se supone que debería hacer algo?
Os dije que no era una historia de amor, pero ¡JODER! ojalá lo sea. Hoy, al despertar, le he echado de menos.