Amor, hoy, he venido a declararte la mayor guerra que tu cuerpo y mente podrá disfrutar. Armate hasta los dientes que yo te desarmare lentamente.
Comencemos con pequeñas provocaciones que despierten nuestros mayores deseos.
Las miradas se declaran espías que observan el terreno enemigo para conocer sus puntos flacos, tales como esa zona de tu cadera que con solo rozar te hace suspirar.
Nuestro olfato capta la esencia de la guerra, sudor y flujos propios.
El gusto saborea tu piel como si fuera comida exótica llena de pequeños matices. Matices que la convierte en mi mayor deseo.
El tacto, oh, el tacto, solo de pensarlo una sonrisa pícara se espaca de mi cuerpo. El tacto es la locura de la guerra, lo que hace que guerreros como nosotros acudan a todas las guerras que acordamos y no huyan de las inesperadas. Una caricia suave que consigue transformar en fragil papel la más rígida armadura, que te tiemblen todos los músculo y las armas caigan al suelo retumbando en nuestros oidos como el éxtasis de la batalla, el gemido.
Tus manos, fuertes manos de guerrera, acarician mi piel con la misma pasión con la que un.capitán anima a sus hombres a una muerte segura, la misma muerte que ellas encuentran cuando las agarro fuerte y las inmovilizo, las hago reenes y el precio para su rescate es el temblor de tus piernas acompañado del grito de tu piel que solo podrá ser leido en braille.
Tu boca busca cualquier presa que pueda devorar, como perros de presa entrenados para matar. Y me matas, me matas con cada mordisco renaciendo a la vez con el siguiente. Cuando nuestras bocas se juntan el campo de batalla tiembla, los guerreros gritan en silencio y levantan las espadas para aruñar la espalda de su enemigo.
Nuestra batalla solo cambia en un sentido, hay gritos, suplicas a Dios, risas... pero nadie pierde, los dos ganamos, aunque mi mejor victoria fue conocerte.
Nota del moderador: El autor del texto pidió que se adjuntara el video con el relato y quería darlo a conocer.