domingo, 4 de enero de 2015

Cena de sin familia

Voy a hablar de lo que han sido y son las navidades para mí. Están siendo una auténtica mierda. Porque desconozco a las personas con las que me he sentado en la mesa a comer y a cenar. Porque cada día las desconozco más y las soporto menos.
Remontémonos a unos meses atrás, cuando mi madre y todos los que me rodean no paraban de decirme que dejase de comer (entiéndase que querían decir que comiese menos) que me iba a poner aún más gorda, que pronto no iba a caber por la puerta. Quieras o no, comentarios como ésos, hacen que cambies el chip, que te mires al espejo de otra forma, que dejes de quererte. Si ya de por sí tienes la autoestima baja, llegan ellos y te la dejan por el subsuelo. Te miras al espero y lo que ves te da asco. Te avergüenzas de tu cuerpo. Lo que ves te hace llorar.
Tomé una decisión. Me dije a mí misma que ya eran suficientes lágrimas las derramadas, que podía cambiar lo que no me gustase y que podía hacerlo cuando quisiera. Me puse a correr. A correr y a comer sano. No desayunaba lo mismo que antes, no comía lo mismo que antes y no cenaba lo mismo que antes. Mis raciones, todas, se habían reducido a menos de la mitad. Así, poco a poco conseguí llegar a adelgazar diez kg y a tonificar mi cuerpo. Me gustaba, pero quería más, porque, ya sabéis, nunca es suficiente. Volví a la universidad y seguí corriendo y alimentándome con pocas cantidades de comidas. Conseguí adelgazar cinco kg más. Muchas veces sentía que no tenía fuerzas para afrontar el día, comía poco y ejercitaba mucho. Hasta que, gracias a una asignatura (fisiología del sistema nervioso y endocrino) y a mis amigas (Nuria y Marta), supe cómo tenía que alimentarme y cómo seguir una dieta sana para mantenerme. Básicamente he dejado la carne y la leche de lado, no porque me haya hecho vegetariana o vegana, sino porque me siento mejor, más ligera; he descubierto lo maravillosa y nutritiva que es la avena y, que si me apetece algo dulce no hay nada mejor que una fruta. También he aprendido a mirar bien qué compro porque nos venden cereales con fibra súper sanos para hacer dieta y luego tienen cantidades ingentes de azúcar que lo único que hacen es viciarte como cualquier droga, porque sí amigos, el azúcar que nos venden en los súper mercados es droga. Y, bueno, ese es básicamente el estilo de vida que llevo ahora: salir a correr y comer sano.
Tras haber perdido cerca de quince kilogramos y seguir mi dieta que es bastante sana y nutritiva, mi familia se ha asustado. ¿Cómo lo has hecho? ¿Por qué no comes de esto? ¡Te vas a quedar en los huesos! ¿Qué haces comiendo eso? ¡Te vas a quedar tonta!
No están contentos con lo que ven y, he conseguido adelgazar, como más sano y sé qué alimento es mejor comer según qué hora. Han llegado a insultarme y llamarme anoréxica porque no he querido coger un par de patatas fritas o un trozo de queso de la mesa. Y sí señores, eso es un insulto en toda regla, porque, para una persona que se ha matado a hacer ejercicio y que ha cambiado su estilo de vida, que la llamen anoréxica es un insulto.
Pero la cosa no se queda ahí. Los muy ignorantes, porque no tienen otro nombre, se ríen de ti por lo que comes, por comer sano. Se ríen porque prefieres depurar tu cuerpo con espárragos antes que comerte un trozo de panceta. Se ríen porque no tienen ni idea y porque es más fácil eso que cambiar.
Obviamente no es culpa de ellos ser ignorantes, pero sí que tienen culpa en eso de no tolerar mi forma de pensar y reírse de cada cosa que digo. Porque estudio Biología, estudio la vida y cómo todo lo que comemos, bebemos y hacemos nos afecta a nosotros y a nuestro cuerpo.
Que sigan en sus mentes cerradas, que yo seguiré ejercitando mi cuerpo y comiendo sano. Y, si ellos no me apoyan, tengo muy buenas amigas que lo hacen.
Estas navidades en mi mesa no ha habido preguntas como “¿cuándo nos presentas al novio?”, “¿qué tal van las clases?”, etc…pero casi que las prefiero a las charlas sin sentido que me daban para intentar hacerme ver que lo que hago está mal.
Siento daros la chapa, pero me apetecía desahogarme y contarle al mundo lo difícil que es vivir en una familia que no te acepta tal y como eres. Que no te acepta por el hecho de haber cambiado y aplicar tus conocimientos a tu vida cotidiana.